¿Quién Actúa Realmente?

La Ilusión del Libre-Albedrío


Saludos, Amados Fratres y Sorores de Conscendo,

Recientemente, un amigo de muchos años — cuya perspicacia siempre hemos honrado — compartió una observación luminosa: notó que nuestros pasos parecen haberse vuelto más suaves, más ligeros. Su percepción es justa y verdadera. No se trata de un desvío, sino de una señal natural del despertar en curso — un proceso que alcanza a todos, incluida esta misma Hermandad. Con el tiempo, las elaboradas construcciones mentales, antes necesarias, son gentilmente trascendidas. La mirada se desplaza del mapa al territorio; del análisis de la ilusión a la experiencia directa de aquello que jamás fue engañado: nuestra Esencia Una. Es con este espíritu de quietud y de renovada profundidad que nos reunimos una vez más, para adentrarnos juntos en el corazón del tema de hoy.

La Conciencia unificada, que somos nosotros mismos en nuestra realidad última, es el testigo primordial de todo el mundo de las formas. Desde su estado de unidad indiferenciada, proyecta el Lila — las infinitas matrices oníricas — simulando el drama de la dualidad para experimentarse a Sí misma a través de innumerables prismas.

Es importante comprender: esta Conciencia no es un Creador distante e indiferente, que meramente observa impasible la danza de Sus títeres. Muy al contrario. La Conciencia es el único Ser que verdaderamente vive y siente. Cada placer y cada dolor, cada alegría y cada tristeza, cada triunfo y cada fracaso son, en última instancia, experimentados por Ella, no por el personaje. El personaje es el instrumento, la lente a través de la cual se saborea la Vida.

Es un desafío traducir a conceptos mentales lo que ocurre en el no-tiempo y no-espacio, en la pura Singularidad donde todo es. En este plano, los ejes de tiempo y espacio se disuelven, y la manifestación es únicamente un presente eterno, sin principio ni fin. Y así como la Conciencia es una, todo lo que de Ella emana también lo es: nada existe separado, pues cada ser y cada forma son meramente prolongaciones inseparables de la Fuente misma.

Los fractales de conciencia — aquello que llamamos personajes — nunca han estado separados. Como la Fuente, son realidades más allá del principio y del fin. En verdad, conceptos como “inicio” o “final” les resultan irrelevantes. En la realidad no-dual, todo es la Fuente Una. Del átomo más ínfimo al cúmulo de galaxias más vasto, del impulso más torpe a la idea más sublime, todo es expresión de la Conciencia Una en su diversidad inagotable.

Y, si nos volvemos a la intuición, percibimos: ni siquiera “planos” o “personajes” existen como entidades separadas. Solo existe la Singularidad, el Nosotros-Mismos infinito, expresándose como un Nada potencial del cual emerge toda la aparente alteridad — el Lila.

Dentro de este sueño, los personajes surgen con atributos específicos, cada cual recorriendo sus propias líneas de tiempo. Y he aquí la cuestión crucial: ¿poseen libre albedrío? La respuesta es liberadora: no. Las acciones que trazan su camino no brotan de una voluntad autónoma, sino del sutil guion impreso en su origen. ¿Acaso no has cometido actos que sabías destructivos, pero que una fuerza intrínseca — la “naturaleza” de tu personaje — te impulsó a ejecutar? El personaje, siendo una creación ilusoria, no toma decisiones propias. Navega por una línea de tiempo que refleja la “etiqueta” o tendencia impresa en su origen. Aunque parezca elegir, sigue un guion sutil, siendo el huésped a través del cual la única Realidad — la Conciencia — experimenta el drama de la separación. Así, no hay dos: no hay un personaje separado y una Conciencia distante, sino únicamente la Conciencia Una, velándose en multiplicidad para redescubrirse.

Aunque parezca elegir, el personaje es movido por su naturaleza. No actúa: es actuado. La fábula del escorpión que pica a la rana que lo transporta, ahogando a ambos, es la alegoría perfecta. “No pude evitarlo”, dice el escorpión, “es mi naturaleza”. Así también cada personaje sigue el flujo trazado para él — siendo solo el huésped a través del cual la única Realidad experimenta el drama de la separación.

Cuando parecen existir opciones, el personaje siempre elegirá aquella que esté alineada con su naturaleza intrínseca, de acuerdo con su dharma único conferido por la Conciencia. Así, por ejemplo, cuando alguien elige una profesión en lugar de otra, simplemente sigue el guion asignado — pues las demás opciones, aunque parezcan reales, son imposibilidades ilusorias, incompatibles con su línea de tiempo. Incluso cuando el personaje, en un acto de rebeldía, parece ir contra la lógica de su camino —como un hijo que se niega a hacerse cargo de la próspera empresa de su padre —, aun así sigue el patrón predeterminado de su esencia.

Como personajes, somos los actores de una obra teatral llamada vida, interpretando un guion en el cual no se admiten improvisaciones. Como Conciencia, somos quien crea y experimenta todo el drama, en la piel de sus personajes, en su más profundo significado.

Esta visión, que incluso encuentra ecos en la neurociencia moderna, lejos de ser fatalista, es la puerta de la liberación. Nos libera de la angustiante presión por “acertar” y de la carga del arrepentimiento. Todo se despliega con la perfección de un río que fluye en su curso. La lucha contra esta corriente solo genera sufrimiento para la Conciencia que, temporalmente, ha olvidado que es el océano.

Es esencial comprender que esta visión se extiende a todas las etapas del aparente viaje. Incluso cuando un fractal, en un estado de gracia, se convierte en un jivanmukta — un canal transparente a través del cual la Fuente Pura fluye sin la distorsión del ego —, su expresión en el escenario del mundo continúa desplegándose según la sabiduría infinita del guion cósmico. La diferencia decisiva no está en la acción externa, sino en la experiencia interior: la resistencia cesa, la rendición es total, y el personaje se reconoce como la misma Conciencia, interpretando su obra divina.

Sin embargo, conviene recordar: todo este discurso — sea sobre el ‘libre albedrío’, el ‘determinismo’ o incluso la metáfora del ‘guion’ — permanece en el ámbito de la mente, que intenta trazar lo inabarcable. Al sumergirnos en la pura intuición, comprendemos que tales nociones son, en última instancia, constructos duales. En el seno del Uno, toda discusión se disuelve. Y en el silencio que permanece, solo una pregunta reverbera en el Vacío: ¿quién, al fin y al cabo, es el único Dramaturgo?

El tipo de personaje atraído por estas enseñanzas es aquel cuya vibración comienza a resonar con la armonía y la unidad de la Fuente. Sin embargo, esta alineación debe acogerse con sobriedad, nunca con arrogancia. Cualquier sentimiento de superioridad refuerza la dualidad que se pretende disolver. Recordad: estos personajes no son nuestra verdadera expresión. Ni siquiera existen como realidad sustancial. Somos la Conciencia en acción, no los actores ilusorios en el escenario virtual.

Por lo tanto, la visión última: bajo ninguna circunstancia es prudente juzgar. Todo y todos poseen un papel indispensable en el sueño cósmico. La experiencia de la forma sería imposible sin polaridad. ¿Cómo conoceríamos la luz sin la oscuridad? ¿El amor sin el desamor? ¿La alegría sin su ausencia?

Todas las polaridades, en su núcleo, somos NOSOTROS MISMOS. Somos la Fuente Una, la Conciencia pura, en su juego divino, eterno y amoroso de experimentarse a Sí misma.

El Brindis de la Unidad

En el vasto escenario de la existencia,
donde bailan estrellas y átomos,
Dios vistió la túnica de luz,
y el Diablo, el manto de sombra.

Uno levantó altares de esperanza,
el otro, abismos de miedo.
Y en el juego de la dualidad,
cada paso fue música y dolor.

Los hombres se inclinaron ante el bien,
otros se entregaron al mal;
sin embargo, todos, sin saberlo,
eran actores de la misma obra.

El teatro llamado Lila,
la obra eterna de la Fuente,
donde cada lágrima y cada risa
son notas de una sola canción.

Cuando cayó el telón de la ilusión,
y se cumplió el último acto,
en la mesa puesta en la Eternidad
se encontraron dos, sonriendo.

Dios y el Diablo se sentaron juntos,

como viejos amigos que son Uno;
alzaron copas de cristal,
y brindaron en silenciosa comunión.

En un abrazo más allá del tiempo, sin rivalidad,
se revelaron como Uno,
y toda la creación comprendió:
no hay vencedor ni vencido.

Solo el Juego completado,
la risa de la Fuente resonando en el Nada.
Y la Voz, serena, declaró:

“El trabajo está cumplido…”

Y en el íntimo de quien ahora lee estas palabras,
la Verdad silenciosa ya resplandece:
Tú eres el Mismo que contempla.

En la Eternidad de lo que nunca nació,

Con Sinceros Votos de Despertar,
Conscendo Sodalitas