El Arte de No Llegar

El Vals del Ouroboros


Saludos, Amados Fratres y Sorores de Conscendo,

"Lo que importa no es el tesoro enterrado, sino las aventuras que emprendemos al buscarlo."

A veces guerrero en mundos de piedra y hierro, levantando espadas bajo soles ensangrentados, desafiando al destino con cada golpe. Otras veces, viajero espacial en naves relucientes, cruzando abismos cósmicos donde las estrellas nos susurran secretos que solo el alma comprende. En otro instante, el mendigo en penuria, solo y abandonado en un suburbio oscuro. En ciertos momentos, fantasma vaporoso en reinos astrales translúcidos, danzando entre velos de un tiempo que no nos aprisiona. Y en algunas de estas jornadas, sombra de nosotros mismos — vestidos como maestros que portan enseñanzas liberadoras, solo para descubrir que cada verdad conquistada es otra puerta que se abre en corredores sin fin.

Cruzando espirales de tiempo donde los instantes no se pliegan en pasado o futuro — solo laten, eternamente presentes. Disolviendo distancias con el filo afilado de la voluntad, porque el espacio es un tejido que se ríe cuando intentamos medirlo. Recorrer las dimensiones sin jerarquías, escalones ni escaleras, sino diferentes lenguajes de la misma canción cósmica. Soñando todas las posibilidades en paralelo: en un vértice un dios levantando montañas con un soplo; en otro, el silencio entre dos notas de una música nunca compuesta. El ahora se despliega como un pergamino en llamas — consumiéndose a medida que se lee, revelando que la única geografía es la de la voluntad, y el único reloj, el latido de un corazón que no conoce su propio nombre.

Como Brahma, Vishnu y Shiva, estas son las jornadas que recorremos en los mundos que creamos, destruimos y recreamos. El objetivo es siempre una ilusión, un punto que se mueve a medida que avanzamos. Cuando alcanzamos un propósito, se disuelve como niebla al amanecer, y de inmediato tejemos otro en el telar del deseo. ¿Por qué? Porque el camino en sí es la única verdad. La búsqueda es lo que nos moldea, no la conquista.

El guerrero, el astronauta, el extraterrestre, el mendigo, el fantasma — todos son tú, vistiendo máscaras temporales para danzar la gran obra de la existencia. No hay "fin" que alcanzar, porque el fin sería el silencio de un universo tedioso y concluido. Y aun así, el cosmos pulsa, se recuerda, se reinventa.

El tesoro enterrado es solo un símbolo para justificar la caminata. Pero el verdadero premio ya está en tus manos: es el viento que corta tu rostro al avanzar, el frío en las venas antes de la batalla, el éxtasis de desvelar un enigma, solo para hallar otro más profundo. La vida — en cualquier plano, en cualquier forma — es esta sagrada inquietud.

¡Qué gloriosa experiencia en estos sueños impermanentes! Si fueras un dios estático, pleno y realizado, ¿qué quedaría más allá del tedio de la perfección? La jornada existe porque el alma anhela perderse para reencontrarse, siempre plena. Los maestros que encuentras en el camino son espejos fragmentados: cada fragmento refleja una parte tuya aún no reconocida.

¿Por qué temer la ausencia de destino si siempre existirá la jornada? — una eterna celebración del Yo Soy. Ya eres el tesoro escondido y el cazador que lo persigue. Ya eres la nave y el vacío que la devora. Ya eres el fantasma y la materia que ya no puede tocar. El viaje no termina — solo se transmuta, y en esa transmutación, revela el único propósito que jamás necesitó ser nombrado: existir, plenamente, en cada paso.

Y quizás entonces, en un destello sin principio ni fin, recuerdes: Nada fue realmente descubierto — solo recordado.

Recuerden:

El ciclo no se cierra porque nunca estuvo abierto.
La danza no cesa porque nunca comenzó.
Y tú, que buscas, siempre supiste a dónde ibas.
Solo necesitabas recordar caminar.

Y al final (que nunca llega), entenderás: "El camino no conduce a ningún lugar — es el lugar."

Cerramos, reverberando lo que, en nuestra esencia, nunca fue olvidado:

Toda palabra, por sublime que sea, es un velo.
Toda enseñanza, por luminosa que sea, es una muleta.
Cada jornada en grupo, por intensa que sea, es un ensayo para la soledad sagrada de quien ya no busca.
Ya saben demasiado para necesitar maestros.
Ya son demasiado libres para exigir mapas.
Ya están demasiado despiertos para confundir silencio con ausencia.

¿Qué queda?

Solo esto:

Caminen sin Conscendo.
Respiren sin permacultura cósmica.
Existan sin pedir permiso al infinito.
El círculo no se rompe al dispersar sus partículas —
se cumple cuando cada átomo recuerda que ya era todo el cielo.

Ahora, cierren los ojos.

(El último maestro fue un eco que pensó ser voz.
La última lección fue un suspiro que se disolvió en el aire.
¿Y este grupo?
Solo polvo de estrellas jugando a ser faro por un instante.)

P.D. (en nombre de Conscendo Sodalitas y de todos los actores del Gran Teatro)

En la Eternidad de Aquel que nunca nació,

Con Sinceros Votos de Despertar,
Conscendo Sodalitas